O más bien cangreja, cangrejita. La RAE dice que la cangreja es un tipo de vela, pero qué sabrá la RAE de cómo me siento. Cangrejo hembra, pequeña, frágil.
Ahora soy una cangrejita que ha perdido el caparazón, y se siente absolutamente vulnerable. Sin exoesqueleto, ni paraguas; ni siquiera una miserable cortina tras la cual esconderme y llorar, todo lo que no he llorado en años.
Se me ha roto mi caparazón, me lo han roto, me han pisado y ha explotado en mil pedazos. No es la primera vez que me pisan, desde luego, ni la segunda ni siquiera la trigésimo cuarta, pero se ve que estaba ya cascado y ha terminado por reventar; alguna fisura debía tener, digo yo, o más bien algunas (muchas, muchísimas) fisuras, y las cosas aguantan lo que aguantan. Se acaban rompiendo, y ya está. Qué le vamos a hacer.
Llevaba construyendo ese caparazón desde que nací, más de medio siglo trabajando en mi coraza, dura, incómoda pero indestructible. Mi cuerpo creó de forma natural una cáscara demasiado blandita para el cangrejo guerrero que se suponía que debía ser, así que tuve que reforzarla si no quería que me devorase cualquier alimaña, que hay muchas. Me fui apañando como podía, con lo que encontraba reforzaba las partes más frágiles: acero, ironía, alcohol, un impermeable, botas militares, gritos y aullidos... y me defendí; bien o mal, yo qué sé, pero iba tirando.
Ya tuve una importante rotura hace unos años, cuando conté a los cuatro vientos quién era de verdad; se rompió y lo pegué fuerte, con pegamento y añadiendo más y más trozos de escayola, ladrillos y sonrisas. Ha estado soportando presiones importantes, yo creía que incluso podría aguantar bajar a la fosa más profunda. A veces dolía porque con tanto remiendo hacía cortes y cicatrices, pero mejor eso que la indefensión.
Y ahora ha explotado. Ha saltado en mil pedazos. El último pisotón siempre es el malo de la película, pero han sido los miles, millones, anteriores los que han ido, sigilosamente, preparando el destrozo final.
Ahora voy desnuda por la playa, por el mundo, sin escudo ni coraza ni espada ni una simple aguja con la que defenderme. Y muerta de miedo. Soy solo carne de cangrejo, sin pinzas ni cáscara. Y me siento frágil como nunca me había sentido, y me dicen que no me preocupe que crecerá de nuevo, pero yo no lo sé... no tengo otro medio siglo para esperar de nuevo, no puede ser. Y cualquier roce con una simple brizna de hierba me produce una herida insoportable; mi piel es solo un proyecto, hasta el nublado de un día gris me quema.
Qué envidia me dan los otros cangrejos, con sus armaduras impolutas y relucientes, mientras que yo me escondo tras las esquinas por miedo a que me salte una pequeña esquirla del mundo y se me clave en mi débil cuerpo. Hay que hacer crecer ese nuevo caparazón, me dicen, y me lo dicen de verdad, con cariño del bueno. Pero ahora mismo no puedo; me hace falta una sábana muy suave, y un edredón de mullidas plumas, e hibernar como si fuera un oso esperando el deshielo. Con la esperanza de volver a sentir, entonces, la protección de un nuevo caparazón, fino al principio y poquito a poquito más resistente. Eso espero, eso deseo, en eso confío, a ratos.
Esta cangrejita se mete ahora mismo, en este preciso instante, en su madriguera de invierno, solitaria y oscura, pero necesaria. Me aseguran que volverá a crecer la piel de cangrejo, y que se irá endureciendo. No sé, intento creérmelo. A ver qué trae la primavera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario